Sinopsis
La literatura gótica y romántica del siglo XIX a menudo se construyó sobre el aislamiento, pero pocas veces ese aislamiento fue tan real, doloroso y asfixiante como el que dio origen a Mathilda. Escrita entre agosto de 1819 y febrero de 1820, esta novela corta no es solo una ficción de tintes trágicos; es el espejo de una mente atrapada en el duelo más absoluto. Mary Shelley redactó estas páginas en Italia, bajo la sombra insoportable de la muerte de sus dos hijos pequeños, Clara y William, y distanciada emocionalmente de su esposo, Percy Bysshe Shelley.
Mathilda es, en esencia, una larga carta de despedida. La protagonista, sabiéndose cerca de la muerte, decide narrar la dolorosa verdad de su vida: la revelación del amor incestuoso de su padre, el subsiguiente suicidio de este y el exilio voluntario de ella en un páramo solitario. Al introducir al lector en esta obra, es imposible ignorar la sobrecarga autobiográfica. El padre de Mathilda comparte la frialdad intelectual y el idealismo ciego de William Godwin, el propio padre de Mary, quien, irónicamente, confiscó el manuscrito original y se negó a publicarlo por considerarlo asqueroso y detestable. La obra permaneció inédita hasta 1959.Este prólogo invita al lector a no juzgar la novela bajo la lupa de la moral victoriana, sino a entenderla como un exorcismo literario. Mary Shelley utiliza la estética gótica —la naturaleza tormentosa, la culpa heredada, el tormento psicológico y la fascinación por la muerte— para darle voz a un dolor que la realidad no le permitía gritar. Entrar en Mathilda es acompañar a su autora en el rincón más oscuro de su melancolía, un viaje desgarrador donde la muerte no es el enemigo, sino el único refugio posible contra los monstruos de la realidad.